jueves, 3 de septiembre de 2009


El pololeo como dispositivo de vigilancia monogámico, heteronormativo, moral y sexista.


Desde pequeños somos educados bajo ciertos parámetros, reglas y aspiraciones que construyen, o bien, modelan las formas en que percibimos el entorno, la vida que anhelamos y la forma de relacionarnos que deseamos satisfacer. De este modo, en nuestro contexto cultural más cercano es que vamos distinguiendo aquellas estructuras relacionales que se adjudican el reconocimiento social de forma ampliamente aceptada y que por ende serán las que se configuren como “relaciones deseables” para todos.

En este contexto, es que el amor, entendido como un sentimiento profundo en que dos personas se ligan emotivamente, se vislumbra en la concreción de relaciones afectivas de pareja como puede ser una amistad, un matrimonio, o bien su precedente: el pololeo. En Chile, el pololeo es por excelencia, la nominación que reciben las relaciones de pareja (principalmente las más jóvenes).

Considero sumamente interesante escribir en torno a la temática del pololeo, puesto que es una categoría que muchas parejas asumen con compromiso y esmero sin cuestionar las prácticas que conlleva y sin esclarecer las formas en que dicha relación se configura como un dispositivo social de dominación.

Existen un sin número de prácticas que se reproducen en la mayoría de las relaciones de pololeo que se alinean en favor de establecer una relación prototípica deseable, con características estándar para todas ellas (tal como se aspira a tener un cuerpo perfecto similar al de estrellas de televisión). Es posible visualizar una importante matriz de género en factores heteronormativos y sexistas así como también cuestiones morales y religiosas de profunda importancia como el predominio de la monogamia y con ello también la criminalización del placer sexual no ligado a una pareja exclusiva.

En cuanto a los factores ligados a roles y temáticas de género considero importante señalar que el carácter heteronormativo de la sociedad se reproduce en gran medida en relaciones de pareja prototipo como la del pololeo. Partiendo por un marco de análisis cotidiano es posible darse cuenta de que a diario los pololos disfrutan de paseos por distintos sectores de la ciudad tomados de la mano, accediendo a besarse en público (siempre que sea moralmente apropiado) y a disfrutar de cenas y momentos específicamente delimitados para ellos sin ser recriminados por hacerlo, sin embargo en muy contadas ocasiones (si es que no son nulas) es posible ver a parejas homosexuales permitiéndose disfrutar públicamente de estas ventajas del pololeo puesto que a nivel macrosocial generalmente esta nominación está asociada a parejas típicamente heterosexuales en que un hombre y una mujer se unen (antes del matrimonio) en pareja para vivir su amor en plenitud. Claramente las normas sociales dificultan que una pareja gay se reconozca como un pololeo típico y este dispuesta a mostrarlo a la luz pública sometiéndose con ello a las recriminaciones sociales esperables desde una sociedad caracterizada por la heteronormatividad y la homofobia. Cabe señalar en este punto, que el término se acuñó en Chile posiblemente durante el periodo previo a la guerra del pacífico, en que los bomberos utilizaban un distintivo denominado “pololo” y que cuando se encontraban emparejados obsequiaban a su mujer, la cual luego era reconocida como una mujer comprometida bajo el término de “Polola”. La situación en que posiblemente ha surgido el concepto tan propio de la cultura chilena refleja el carácter históricamente sexista que sostuvo el nacimiento de este tipo de relaciones, en que la prenda obsequiada se configuraba como un distintivo de propiedad por sobre la enamorada, quien era reconocible por los demás como perteneciente a alguien (alguien de género masculino, claramente).

El pololeo como relación prototípica, se configura también como un importante espacio de vigilancia moral, puesto que una de sus principales premisas es la exclusividad sexual y afectiva, en que se construye una relación sobre la base de la fidelidad y el compromiso mutuo de honestidad en torno a los sentimientos que pudiese despertar un otro (externo a la relación). Este débito de exclusividad reproduce cabalmente el valor moral acuñado histórica e incluso religiosamente por nuestra sociedad, bajo el sentido de la monogamia. Dicho valor, al ser una fuerte proposición inculcada por la tradición judeo cristiana caló profundamente en occidente y determina en el pololeo el hecho de que en este se consagre una pareja única a modo de reproducir los estándares morales y políticos predominantemente de carácter conservador, que tienden a fortalecer la pareja única a fin de hacer prevalecer los valores cristianos, cuyas implicancias políticas son sumamente notorias en sociedades como la nuestra. Las manifestaciones cotidianas de la reproducción de un dispositivo de vigilancia de la monogamia están en las recriminaciones celosas de los pololos ante atisbos de infidelidad, así como también en el compromiso intrínseco que conlleva establecer una relación de semejantes características.

Las pautas de comportamiento que se promueven con el pololeo, reprimen a la vez la libertad sexual, puesto que al promoverse la exclusividad sexual se criminalizan las prácticas sexuales fuera de la relación y así también la promiscuidad (por parte de quienes están pololeando y quienes no lo están). De este modo, los pololos y quienes aspiran a tener una relación de pololeo o la han tenido alguna vez, se rigen por ciertos cánones de conducta moral que les impide disfrutar del placer sexual con diversas personas, lo que conlleva a ver el sexo como algo esencialmente negativo que no tiene sentido si no es bajo el alero de una relación de pareja (típico postulado religioso). Dicho supuesto tiene mucho que ver con intereses políticos que instan a mantenernos en una relación singular, que tiende a reproducir muchas otras relaciones de iguales características, lo que implica que es posible delimitar las formas de actuar y de proseguir de los pololos y estandarizarlos en un prototipo de relación a fin de mantener una estructura cognoscible de lo que son las relaciones prematrimoniales y con ello hacerlas más moldeables y eficaces a conciernas sistémicas. Esta situación es sumamente favorable a organismos tanto estatales como económicos y a estos últimos en gran magnitud puesto que hacen de la relación un producto de consumo apto para absorber películas y paseos románticos, productos para el día de los enamorados, etc. a esto además se suma la inminente necesidad de tener “yos” reconocibles y reproducidos en otros “yos” de características similares que se sientan satisfechos con las mismas ideas de pareja y por ende también con los mismos productos.

El pololeo es la reproducción de una realidad que de una u otra forma simboliza a otra realidad aun más importante, que es la realidad del matrimonio, es decir, en torno a la conformación del pololeo como una relación de cierta formalidad antes del casamiento, es posible develar que entendiendo el matrimonio como la estructura base de la sociedad patriarcal y a la vez como la base económica, social y afectiva del capitalismo, es necesario que existan relaciones previas a ella a modo de desmitificar “el amor eterno” de antaño y así modernizar, y hacer más satisfactoria la vida amorosa (más efectiva). El pololeo como precedente del matrimonio, y a pesar de que no represente necesariamente la intención de casamiento, tiende a reproducir muchas de las lógicas que se disponen a la base del buen funcionamiento matrimonial, es decir, está funcionando a modo de ensayo y preparación a la vida hogareña (con todas las obligaciones y placeres que esta conlleva), encauzando las subjetividades hacia una aspiración común, que es llegar a consagrar las relaciones amorosas en una relación aun más envidiable y aceptada: el matrimonio. Esto se ve en actividades cotidianas que realizan la mayoría de las parejas en chile, como por ejemplo juntarse a cocinar, estar en la casa de alguno de los miembros de la pareja, conocer a las respectivas familias, dormir juntos, asistir a eventos familiares, cenar juntos, vacacionar juntos, etc. De esta forma, es que el pololeo, al ser entendido como una relación seria que no implica necesariamente un compromiso de eternidad, se posiciona como la “cara alegre” de la vida marital ofreciendo un carácter más libre pero que a la vez tiende a reproducir un sin número de valores conyugales típicos que permiten el buen funcionamiento del sistema imperante.

Es importante reconocer este dispositivo puesto que opera de forma casi encubierta estableciendo patrones de comportamiento afectivo y relacional que obvian las características individuales de los sujetos, puesto que todos, independiente de su concepción de mundo están de cierta forma (ya sea conciente o inconciente) convocados a establecerse en una relación prototípica en que deben ejercer la fidelidad y un sin número de prácticas de control (como los llamados de teléfono, los avisos, las visitas permanentes, la presencia en instancias formales de la pareja, etc.) que de cierta forma van determinando que el pololeo se establezca como un eje represivo de las motivaciones personales (de carácter sexual y emocional) que son nocivas para la conformación social de la que somos parte. El pololeo así, se instaura como un emplazamiento de vigilancia mutua entre los pololos que se instan uno a otro a cumplir con los mandatos que su relación les asigna a cada uno. Además, este modo de pertenecerse mutuamente tiene un claro transfondo de distinción de géneros, que a pesar de que ha ido evolucionando (con más “libertad e iniciativa femenina”) aun es posible ver que existe toda una estructura burocrática en torno al cómo se debe empezar una relación de pololeo en que en primera instancia se debe vivir el “pinche”, luego “andar” para finalmente llegar a establecer un pololeo como tal. Cabe señalar que en el paso de una etapa a otra existe una responsabilidad social de gran relevancia que cae sobre los hombros masculinos encargados de “proponer” e “iniciar”. Ni hablar de los pololeos homosexuales, puesto que aun existe heterosexualismo en las formas de concebir el emparejamiento.

Además, el hecho de que la relación de pololeo se rija por un orden preestablecido, no fomenta la creatividad a la hora de conformar relaciones de pareja con el “ser amado”, pasando por alto que las formas de relacionarnos sexual y afectivamente son obra nuestra, que son un elemento de nuestra libertad y que por ende podemos establecer nuevas modalidades para relacionarnos (Foucault, 1982). El pololeo en Chile se presenta como la relación prematrimonial deseable por excelencia, y querer variar en torno a las formas de sobrellevarla (sin visitas periódicas por ejemplo), o bien desligarse de dicha perfil de emparejamiento planteando nuevas formas (poliamorosas e incluso simplemente homosexuales) van de la mano con manifestaciones represivas de lo que se inculca moralmente desde la infancia y proceder de forma rupturista en torno al pololeo implica no ceñirse a los cánones que este imparte pero encontrarse sin ninguna otra forma posible de “amar” que sea igualmente reconocida y aceptada por el grueso de la sociedad.

De este modo, los sujetos que se encuentran inmersos en una relación de pololeo, así como también quienes se encuentran solteros, están expuestos y reproduciendo una situación de poder en que se coartan libertades sexuales, se fomentan distinciones de género y se transcribe la heteronormatividad, como agentes activos y representantes del status quo que conlleva el no crear novedades relacionales. Como dice Foucault en “Vigilar y Castigar”, esta situación conlleva que se produzcan y se hagan visibles dualismos y marcaciones (de normal y anormal) de entre las diversas relaciones de pareja que se establecen, así como también de las formas en que cada individuo busca relacionarse con los demás. Esto claramente se bifurca en mecanismos de exclusión que penalizan aquello que no se ciñe a la norma social imperante, lo anormal (coartando a fin de cuentas cualquier posibilidad de nueva creación) y trabajando a la vez en una relación no institucionalizada con miras a prescribir de forma más atractiva el proceso de moldeamiento.


Marcia Ravanal Villarroel .-

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El pololeo como dispositivo de vigilancia monogámico, heteronormativo, moral y sexista.


Desde pequeños somos educados bajo ciertos parámetros, reglas y aspiraciones que construyen, o bien, modelan las formas en que percibimos el entorno, la vida que anhelamos y la forma de relacionarnos que deseamos satisfacer. De este modo, en nuestro contexto cultural más cercano es que vamos distinguiendo aquellas estructuras relacionales que se adjudican el reconocimiento social de forma ampliamente aceptada y que por ende serán las que se configuren como “relaciones deseables” para todos.

En este contexto, es que el amor, entendido como un sentimiento profundo en que dos personas se ligan emotivamente, se vislumbra en la concreción de relaciones afectivas de pareja como puede ser una amistad, un matrimonio, o bien su precedente: el pololeo. En Chile, el pololeo es por excelencia, la nominación que reciben las relaciones de pareja (principalmente las más jóvenes).

Considero sumamente interesante escribir en torno a la temática del pololeo, puesto que es una categoría que muchas parejas asumen con compromiso y esmero sin cuestionar las prácticas que conlleva y sin esclarecer las formas en que dicha relación se configura como un dispositivo social de dominación.

Existen un sin número de prácticas que se reproducen en la mayoría de las relaciones de pololeo que se alinean en favor de establecer una relación prototípica deseable, con características estándar para todas ellas (tal como se aspira a tener un cuerpo perfecto similar al de estrellas de televisión). Es posible visualizar una importante matriz de género en factores heteronormativos y sexistas así como también cuestiones morales y religiosas de profunda importancia como el predominio de la monogamia y con ello también la criminalización del placer sexual no ligado a una pareja exclusiva.

En cuanto a los factores ligados a roles y temáticas de género considero importante señalar que el carácter heteronormativo de la sociedad se reproduce en gran medida en relaciones de pareja prototipo como la del pololeo. Partiendo por un marco de análisis cotidiano es posible darse cuenta de que a diario los pololos disfrutan de paseos por distintos sectores de la ciudad tomados de la mano, accediendo a besarse en público (siempre que sea moralmente apropiado) y a disfrutar de cenas y momentos específicamente delimitados para ellos sin ser recriminados por hacerlo, sin embargo en muy contadas ocasiones (si es que no son nulas) es posible ver a parejas homosexuales permitiéndose disfrutar públicamente de estas ventajas del pololeo puesto que a nivel macrosocial generalmente esta nominación está asociada a parejas típicamente heterosexuales en que un hombre y una mujer se unen (antes del matrimonio) en pareja para vivir su amor en plenitud. Claramente las normas sociales dificultan que una pareja gay se reconozca como un pololeo típico y este dispuesta a mostrarlo a la luz pública sometiéndose con ello a las recriminaciones sociales esperables desde una sociedad caracterizada por la heteronormatividad y la homofobia. Cabe señalar en este punto, que el término se acuñó en Chile posiblemente durante el periodo previo a la guerra del pacífico, en que los bomberos utilizaban un distintivo denominado “pololo” y que cuando se encontraban emparejados obsequiaban a su mujer, la cual luego era reconocida como una mujer comprometida bajo el término de “Polola”. La situación en que posiblemente ha surgido el concepto tan propio de la cultura chilena refleja el carácter históricamente sexista que sostuvo el nacimiento de este tipo de relaciones, en que la prenda obsequiada se configuraba como un distintivo de propiedad por sobre la enamorada, quien era reconocible por los demás como perteneciente a alguien (alguien de género masculino, claramente).

El pololeo como relación prototípica, se configura también como un importante espacio de vigilancia moral, puesto que una de sus principales premisas es la exclusividad sexual y afectiva, en que se construye una relación sobre la base de la fidelidad y el compromiso mutuo de honestidad en torno a los sentimientos que pudiese despertar un otro (externo a la relación). Este débito de exclusividad reproduce cabalmente el valor moral acuñado histórica e incluso religiosamente por nuestra sociedad, bajo el sentido de la monogamia. Dicho valor, al ser una fuerte proposición inculcada por la tradición judeo cristiana caló profundamente en occidente y determina en el pololeo el hecho de que en este se consagre una pareja única a modo de reproducir los estándares morales y políticos predominantemente de carácter conservador, que tienden a fortalecer la pareja única a fin de hacer prevalecer los valores cristianos, cuyas implicancias políticas son sumamente notorias en sociedades como la nuestra. Las manifestaciones cotidianas de la reproducción de un dispositivo de vigilancia de la monogamia están en las recriminaciones celosas de los pololos ante atisbos de infidelidad, así como también en el compromiso intrínseco que conlleva establecer una relación de semejantes características.

Las pautas de comportamiento que se promueven con el pololeo, reprimen a la vez la libertad sexual, puesto que al promoverse la exclusividad sexual se criminalizan las prácticas sexuales fuera de la relación y así también la promiscuidad (por parte de quienes están pololeando y quienes no lo están). De este modo, los pololos y quienes aspiran a tener una relación de pololeo o la han tenido alguna vez, se rigen por ciertos cánones de conducta moral que les impide disfrutar del placer sexual con diversas personas, lo que conlleva a ver el sexo como algo esencialmente negativo que no tiene sentido si no es bajo el alero de una relación de pareja (típico postulado religioso). Dicho supuesto tiene mucho que ver con intereses políticos que instan a mantenernos en una relación singular, que tiende a reproducir muchas otras relaciones de iguales características, lo que implica que es posible delimitar las formas de actuar y de proseguir de los pololos y estandarizarlos en un prototipo de relación a fin de mantener una estructura cognoscible de lo que son las relaciones prematrimoniales y con ello hacerlas más moldeables y eficaces a conciernas sistémicas. Esta situación es sumamente favorable a organismos tanto estatales como económicos y a estos últimos en gran magnitud puesto que hacen de la relación un producto de consumo apto para absorber películas y paseos románticos, productos para el día de los enamorados, etc. a esto además se suma la inminente necesidad de tener “yos” reconocibles y reproducidos en otros “yos” de características similares que se sientan satisfechos con las mismas ideas de pareja y por ende también con los mismos productos.

El pololeo es la reproducción de una realidad que de una u otra forma simboliza a otra realidad aun más importante, que es la realidad del matrimonio, es decir, en torno a la conformación del pololeo como una relación de cierta formalidad antes del casamiento, es posible develar que entendiendo el matrimonio como la estructura base de la sociedad patriarcal y a la vez como la base económica, social y afectiva del capitalismo, es necesario que existan relaciones previas a ella a modo de desmitificar “el amor eterno” de antaño y así modernizar, y hacer más satisfactoria la vida amorosa (más efectiva). El pololeo como precedente del matrimonio, y a pesar de que no represente necesariamente la intención de casamiento, tiende a reproducir muchas de las lógicas que se disponen a la base del buen funcionamiento matrimonial, es decir, está funcionando a modo de ensayo y preparación a la vida hogareña (con todas las obligaciones y placeres que esta conlleva), encauzando las subjetividades hacia una aspiración común, que es llegar a consagrar las relaciones amorosas en una relación aun más envidiable y aceptada: el matrimonio. Esto se ve en actividades cotidianas que realizan la mayoría de las parejas en chile, como por ejemplo juntarse a cocinar, estar en la casa de alguno de los miembros de la pareja, conocer a las respectivas familias, dormir juntos, asistir a eventos familiares, cenar juntos, vacacionar juntos, etc. De esta forma, es que el pololeo, al ser entendido como una relación seria que no implica necesariamente un compromiso de eternidad, se posiciona como la “cara alegre” de la vida marital ofreciendo un carácter más libre pero que a la vez tiende a reproducir un sin número de valores conyugales típicos que permiten el buen funcionamiento del sistema imperante.

Es importante reconocer este dispositivo puesto que opera de forma casi encubierta estableciendo patrones de comportamiento afectivo y relacional que obvian las características individuales de los sujetos, puesto que todos, independiente de su concepción de mundo están de cierta forma (ya sea conciente o inconciente) convocados a establecerse en una relación prototípica en que deben ejercer la fidelidad y un sin número de prácticas de control (como los llamados de teléfono, los avisos, las visitas permanentes, la presencia en instancias formales de la pareja, etc.) que de cierta forma van determinando que el pololeo se establezca como un eje represivo de las motivaciones personales (de carácter sexual y emocional) que son nocivas para la conformación social de la que somos parte. El pololeo así, se instaura como un emplazamiento de vigilancia mutua entre los pololos que se instan uno a otro a cumplir con los mandatos que su relación les asigna a cada uno. Además, este modo de pertenecerse mutuamente tiene un claro transfondo de distinción de géneros, que a pesar de que ha ido evolucionando (con más “libertad e iniciativa femenina”) aun es posible ver que existe toda una estructura burocrática en torno al cómo se debe empezar una relación de pololeo en que en primera instancia se debe vivir el “pinche”, luego “andar” para finalmente llegar a establecer un pololeo como tal. Cabe señalar que en el paso de una etapa a otra existe una responsabilidad social de gran relevancia que cae sobre los hombros masculinos encargados de “proponer” e “iniciar”. Ni hablar de los pololeos homosexuales, puesto que aun existe heterosexualismo en las formas de concebir el emparejamiento.

Además, el hecho de que la relación de pololeo se rija por un orden preestablecido, no fomenta la creatividad a la hora de conformar relaciones de pareja con el “ser amado”, pasando por alto que las formas de relacionarnos sexual y afectivamente son obra nuestra, que son un elemento de nuestra libertad y que por ende podemos establecer nuevas modalidades para relacionarnos (Foucault, 1982). El pololeo en Chile se presenta como la relación prematrimonial deseable por excelencia, y querer variar en torno a las formas de sobrellevarla (sin visitas periódicas por ejemplo), o bien desligarse de dicha perfil de emparejamiento planteando nuevas formas (poliamorosas e incluso simplemente homosexuales) van de la mano con manifestaciones represivas de lo que se inculca moralmente desde la infancia y proceder de forma rupturista en torno al pololeo implica no ceñirse a los cánones que este imparte pero encontrarse sin ninguna otra forma posible de “amar” que sea igualmente reconocida y aceptada por el grueso de la sociedad.

De este modo, los sujetos que se encuentran inmersos en una relación de pololeo, así como también quienes se encuentran solteros, están expuestos y reproduciendo una situación de poder en que se coartan libertades sexuales, se fomentan distinciones de género y se transcribe la heteronormatividad, como agentes activos y representantes del status quo que conlleva el no crear novedades relacionales. Como dice Foucault en “Vigilar y Castigar”, esta situación conlleva que se produzcan y se hagan visibles dualismos y marcaciones (de normal y anormal) de entre las diversas relaciones de pareja que se establecen, así como también de las formas en que cada individuo busca relacionarse con los demás. Esto claramente se bifurca en mecanismos de exclusión que penalizan aquello que no se ciñe a la norma social imperante, lo anormal (coartando a fin de cuentas cualquier posibilidad de nueva creación) y trabajando a la vez en una relación no institucionalizada con miras a prescribir de forma más atractiva el proceso de moldeamiento.


Marcia Ravanal Villarroel .-

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